Mi pantano maldito al que he aprendido a amar (parte 2)

Después practicar en el pantano durante un mes, decidí  buscar el agua salado. Entonces, un día me fuí a Chipiona en que vivía una familia amiga. El día estuvo tranquilo y con poco movimiento. ¡Pero qué experiencia distinta! El mar da otra sensación en muchos sentidos. Enseguida me enamoré.

El segundo día habían olitas más vivas. sorprendentemente no me sentí menos estable, al contrario; añadieron mucha diversión. Seguí practicando el rol, que pareció más fácil en el agua salada. Con demasiado temeridad empecé coger una ola con la idea de surfearla, justo como había visto en los DVD´s. La ola de repente me puso en paralelo con ella y por supuesto me caí de forma totalmente inesperada. Con la cabeza por debajo el agua y el kayak metido en la espuma, pensé ok, ¿pues posiblemente no es tan fácil!?

Volvemos al pantano, el asunto de esta serie de artículos. Con estas memorias en la cabeza, el embalse de mi zona no tenía nada que ver con el mar. Me sentía un payaso en él, con mi equipo caro y mi kayak de mar de 533 cm de longitud. Muy armado para nada. No había nada de aprender en estos aguas tan aburridos. En el verano pasa un calor intenso y el agua está como un espejo. En el invierno el agua parece negro y no supera de los nueve grados. A veces sí hay olas, pero son distintos al mar; bajas, un periódico  corto (uno o dos segundos) y muy agresivas. Aunque a menudo me iba al mar (sobre todo a Cádiz), echaba cada día más el mar y también mis amigos kayakistas que viven en la costa.

Empecé sentirme castigado por mi ubicación. Opinaba que este pantano iba a ser mi destino negro, el gran límite de mi afición. ¿Qué tipo de payaso soy para inventar un deporte que no se puede practicar en la zona en que vivo? Me tenía que obligar a mi mismo seguir navegando en ella, muchas veces no tenía nada de ganas. ¿Qué demonios se puede aprender aquí? ¿Cómo puedo avanzar en un pantano tan aburrido como este? Hasta hoy en día, nunca he encontrado ni un sólo otro kayak verdadero en mi pantano. Sin embargo, seguía entrenar dos veces a la semana, todo el año, cada año.
Lo más curioso es que con el tiempo he aprendido agradecer lo que tenía. Ahora lo veo todo muy distinto. Más fuerte; me siento afortunado y contento con mi embalse.

A pesar de todo dicho arriba, ¿qué son las ventajas de un lago, que después años por fin he descubierto? Lo vamos a descubrir en parte tres…

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